
"Se ha dicho a veces que el concepto de la inmortalidad del alma es parte de la fe cristiana. Esto fue especialmente cierto en el siglo dieciocho, el siglo del Iluminismo y de su equivalencia religiosa, del Deísmo. Según los dictados del Iluminismo, la fuente de toda verdad debía buscarse en la razón y no en la revelación divina. Se decía que las tres grandes verdades de la "teología natural" que podían descubrirse por medio de la razón eran la existencia de Dios, la importancia de la virtud y la inmortalidad del alma. Se pensó que el concepto de la inmortalidad del alma podía ser demostrado por medio de la razón, hasta que Emmanuel Kant (1724-1804) aplicó a estos argumentos su crítica devastadora. Pero aun Kant continuó aferrándose a este concepto de la inmortalidad como uno de los postulados de lo que él llamó "razón práctica".
En primer lugar, es necesario tomar consciencia de que la idea de la inmortalidad del alma (a saber, que el alma, o sea el aspecto inmaterial del hombre, continúa existiendo después de la muerte del cuerpo) no es una idea privativa del cristianismo. Ha sido aceptada, de una u otra forma, por un gran número de pueblos, incluyendo a los babilonios, los persas, los egipcios y los antiguos griegos. Lo cierto es que el concepto de la inmortalidad del alma que fue tan vigorosamente defendido en el siglo dieciocho por los líderes del Iluminismo no era una doctrina particularmente cristiana, ya que se consideraba que la "religión natural" de la cual esta doctrina formaba parte, era diferente del cristianismo y superior a éste.
El concepto de la inmortalidad del alma fue desarrollado en las religiones arcanas de la antigua Grecia, y recibió su expresión filosófica en los escritos de Platón (427-347 a.c.). En varios de sus diálogos, y en particular en el Fedón, Platón propone la idea que el cuerpo y el alma deben ser considerados como dos substancias diferentes: el alma pensante es divina; el cuerpo, constituido por materia-una sustancia inferior-es de menos valor que el alma. El alma racional o nous es la parte inmortal del hombre, la parte que descendió "de los cielos" donde disfrutaba de una preexistencia bienaventurada. Al perder el alma sus alas en ese estado pre-existente, entró en el cuerpo, morando en la cabeza. Al morir, el cuerpo simplemente se desintegra, pero el nous o alma racional regresa a los cielos si su actuación ha sido justa y honorable; sino, aparece nuevamente en forma de otro hombre o de un animal. Pero el alma misma es indestructible.
En el concepto platónico la inmortalidad del alma está enraizada en su metafísica racionalista: lo racional es lo real y todo lo que no es racional participa de un tipo inferior de realidad. El alma es considerada, en consecuencia, como una sustancia superior, inherentemente indestructible y por ende inmortal, en tanto que el cuerpo es de una sustancia inferior, mortal y condenada a la destrucción total. De allí que se piensa del cuerpo como la tumba del alma, que en realidad está mucho mejor sin el cuerpo. En este sistema de pensamiento, es evidente, no hay lugar para la resurrección del cuerpo.
Pero ahora corresponde formular las siguientes preguntas: ¿Usan las Escrituras alguna vez la expresión "la inmortalidad del alma"? ¿Enseñan ellas que el alma del hombre es inmortal? Dos son los vocablos griegos que comúnmente se traducen con la palabra inmortalidad en las versiones al español de la Biblia: athanasia y aphtharsia. Athanasia aparece solamente tres veces en el Nuevo Testamento: una vez en 1 Timoteo 6:16 y dos veces en 1 Corintios 15:53, 54. En el primero de los pasajes nombrados, se usa esta palabra para describir a Dios: “... el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible; a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver". Como es obvio, la inmortalidad aquí significa más que una mera existencia sin fin. Significa una inmortalidad original, a diferencia de una inmortalidad otorgada. En este pasaje Pablo enseña que Dios, como fuente de la vida, es también fuente de todo tipo de inmortalidad. En este sentido Dios es el único que tiene inmortalidad; todos los demás solamente reciben la inmortalidad y la poseen cuando dependen de él. Así como Dios tiene vida en sí mismo (Jn. 5:26), del mismo modo tiene inmortalidad en sí mismo.
Los otros dos lugares en que se usa la palabra athanasia aparecen en rápida sucesión: 1 Corintios 15:53, 54, "Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria", Pablo habla aquí de lo que sucederá cuando Cristo regrese (véase v. 52). Las palabras recién citadas se aplican tanto a la transformación de los creyentes que todavía vivan cuando Cristo regrese como a la resurrección de los muertos que sucederá entonces. Y dado que lo corruptible no puede heredar lo incorruptible, como Pablo ha dicho (v. 50), debe darse un cambio de este tipo.
Nótense ahora tres cosas respecto a la inmortalidad de que este pasaje habla: (1) La inmortalidad aquí mencionada le es atribuida solamente a los creyentes-Pablo no dice nada en este pasaje respecto a los no creyentes. (2) Esta inmortalidad es un don que recibiremos en el futuro. El tipo de inmortalidad de que aquí se habla no es una posesión presente de todos los hombres, ni siquiera de todos los creyentes, sino una dádiva que se dará en la Parusía. (3) La inmortalidad descrita en este pasaje es una característica no solamente del alma, sino de la persona entera. La verdad es que si el énfasis recae en alguna parte, lo hace en el cuerpo, dado que el pasaje habla de la resurrección del cuerpo. No hay aquí alusión alguna a la idea de la inmortalidad del alma.La otra palabra comúnmente traducida con el término inmortalidad, a saber aphtharsia, aparece siete veces en el Nuevo Testamento. En Romanos 2:7 se la usa para designar la meta a que aspiran los verdaderos creyentes, y en 2 Timoteo 1:10 para referirse a lo que Cristo sacó a luz. En 1 Corintios 15, el gran capítulo paulino sobre la resurrección, aparece cuatro veces. En el versículo 50 se usa para describir aquello que lo corruptible o perecedero no puede heredar. En el versículo 42 se la utiliza para comunicar el hecho de que, si bien el cuerpo es sembrado en corrupción, será resucitado en incorrupción. En los versículos 53 y 54 la palabra es usada para describir la incorrupción, lo imperecedero con que el cuerpo presente (aquí llamado corrupción) deberá ser revestido en la resurrección. En ninguno de estos pasajes se aplica esta palabra al "alma".
El adjetivo procedente del vocablo recién mencionado, aphthartos, también es usado siete veces en el Nuevo Testamento. Se lo usa para describir a Dios (Ro. 1:23; 1 Ti. 1:17), el cuerpo resucitado ("los muertos serán resucitados incorruptibles", 1 Co. 15:52), la corona por la cual Pablo se esfuerza (1 Co. 9:25), el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible (1 P. 3:4), la simiente incorruptible de que hemos renacido (1 P. 1:23) y la herencia incorruptible que está guardada para nosotros en el cielo (1 P. 1:4). No hay ocasión alguna en que esta palabra sea utilizada para describir el "alma".Llegamos entonces a la conclusión de que las Escrituras no utilizan la expresión "la inmortalidad del alma". Pero esto deja todavía lugar para la siguiente pregunta, ¿Enseña la Biblia de alguna manera que el alma del hombre es inmortal?Algunos teólogos reformados han usado y defendido la expresión "la inmortalidad del alma" como apta representación de un concepto que no está en conflicto con la enseñanza de la Escritura. Juan Calvino, por ejemplo, enseña que Adán tenía un alma inmortal, y habla de la inmortalidad del alma como una doctrina aceptable. Al mismo tiempo, sin embargo, él admite que la inmortalidad no es inherente a la naturaleza del alma, sino que es impartida a la misma por Dios.
Archibald Alexander Hodge, en un libro publicado originalmente en 1878, presenta varios argumentos para defender la doctrina de la inmortalidad del alma. William G. T. Shedd, en una obra publicada originalmente en 1880, dice lo siguiente respecto al tema: "La creencia en la inmoralidad del alma y su existencia separada del cuerpo después de la muerte era característica del orden de cosas del Antiguo Testamento, así como del Nuevo". Del mismo modo, Luís Berkhof dice: "Esta idea de la inmortalidad del alma está en perfecta armonía con lo que la Biblia enseña acerca del hombre... ", tras lo cual procede a dar diversos argumentos, tanto de la revelación general como de la Biblia, para apoyar este concepto.
La posición de Herman Bavinck es, empero, considerablemente más cauta en este punto. El llama a la doctrina de la inmortalidad del alma articulus mixtus, cuya veracidad es demostrada más por apelación a la razón que a la revelación, y hace el comentario adicional que la teología, bajo la influencia de Platón, dedicó mucha más atención que la Biblia a la inmortalidad del alma.9 Y luego dice: "Las Escrituras nunca la mencionan [la inmortalidad del alma] concretamente; nunca proclaman este concepto como revelación divina, y en ninguna parte la colocan en primer plano; y mucho menos hacen un esfuerzo por argumentar la verdad de este concepto o sostenerla frente a sus oponentes" .
En concordancia con Bavinck, G. C. Berkouwer rechaza la idea que la inmortalidad del alma sea una doctrina peculiarmente cristiana y afirma que: "La Escritura nunca se preocupa con un interés independiente por la inmortalidad como tal, y menos todavía por la inmortalidad de una parte del hombre que desafíe y sobreviva a la muerte bajo toda circunstancia, y respecto a la cual podamos reflexionar aparte de la relación del hombre con el Dios vivo".
¿Cómo hemos de evaluar estas reacciones aparentemente contradictorias de los teólogos reformados? ¿Estamos de acuerdo con la idea de que la inmortalidad del alma está en perfecta armonía con lo que la Biblia enseña acerca del hombre? En relación con este tema, corresponde ahora hacer las siguientes observaciones: Como hemos visto, las Escrituras no usan la expresión "la inmortalidad del alma". La palabra inmortalidad le es aplicada a Dios, a la existencia total del hombre en el momento de la resurrección y a cosas tales como la corona imperecedera o la simiente incorruptible de la Palabra, pero nunca al alma humana.Las Escrituras no enseñan la existencia continuada del alma en virtud de su inherente indestructibilidad, algo que ha sido uno de los principales argumentos filosóficos a favor de la inmortalidad del alma. Este argumento, debemos recordarlo, está relacionado con un determinado concepto metafísico del hombre. En la filosofía de Platón, por ejemplo, el alma es considerada indestructible debido a su participación en una realidad metafísica superior a la del cuerpo; se la considera una sustancia increada, eterna y por lo tanto divina. Pero las Escrituras no enseñan tal punto de vista respecto al alma. Dado que según las Escrituras el hombre ha sido creado por Dios y continúa dependiendo de Dios para su existencia, no podemos indicar ninguna cualidad inherente en el hombre ni ningún aspecto del mismo que lo haga indestructible.
(3) Las Escrituras no enseñan que la mera existencia continua después de la muerte sea deseable por sobre todas las cosas, sino que insisten en que la vida en comunión con Dios es el supremo bien del hombre. El concepto de la inmortalidad del alma, como tal, no dice nada respecto a la calidad de la vida después de la muerte; se limita simplemente a afirmar que el alma sigue existiendo. Pero esto no es lo que las Escrituras enfatizan. Lo que la Biblia subraya es que vivir aparte de Dios es muerte, pero que la comunión con Dios es vida verdadera. Esta vida verdadera ya es disfrutada por aquellos que creen en Cristo (Jn. 3:36; 5:24; 17:3). La vida en comunión con Dios seguirá siendo disfrutada por los creyentes después de la muerte, como lo enseña Pablo en Filipenses 1:21-23 y en 2 Corintios 5:8.13 Es este tipo de existencia después de la muerte que las Escrituras ponen delante de nosotros como un estado digno de desearse sobre todas las cosas. También enseñan que hasta aquellos que no tienen esta verdadera vida espiritual continuarán existiendo después de la muerte; su continuada existencia, sin embargo, no será feliz, sino de tormento y angustia (2 P. 2:9; véase también Lc.16:23, 25).
Las Escrituras, por lo tanto, introducen una nueva dimensión en nuestro modo de pensar respecto a la vida futura. Lo que para ellas es importante no es el mero hecho de que las almas continúen existiendo, sino la calidad de dicha existencia. Las Escrituras exhortan a los hombres a venir a Cristo para tener vida, y así huir de la ira venidera; ellas pronuncian severas advertencias en contra de caer en las manos del Dios vivo. Las Escrituras también advierten en contra de cualquier concepto de la "inmortalidad del alma" que oscureciera la seriedad del juicio divino sobre el pecado, o que negara la verdad del castigo eterno para pecadores impenitentes. El mensaje central de las Escrituras respecto al futuro del hombre es el de la resurrección del cuerpo. Es en este punto que vemos una divergencia radical entre el concepto cristiano del hombre y el punto de vista general que tenía la filosofía griega, la de Platón en particular. Como hemos visto, los griegos no hacían lugar en su pensamiento para la resurrección del cuerpo. Elcuerpo era visto como una tumba del alma y la muerte era vista como una liberación de la prisión.
Esta comprensión del hombre, sin embargo, es bien diferente de la enseñanza bíblica. Según las Escrituras, el cuerpo no es menos real que el alma; Dios creó al hombre en su totalidad, cuerpo y alma en unidad. Tampoco es el cuerpo inferior al alma, o no esencial para la existencia verdadera del hombre; si así fuese, la Segunda Persona de la Trinidad nunca podría haber asumido una naturaleza genuinamente humana con un cuerpo genuinamente humano. En el pensamiento bíblico el cuerpo no es una tumba para el alma sino un templo del Espíritu Santo; el hombre no está completo sin el cuerpo. En consecuencia, la futura bienaventuranza del creyente no es simplemente la existencia continua de su alma, sino que incluye en su aspecto más rico la resurrección de su cuerpo. Esa resurrección será para los creyentes una transición a la gloria, en la cual nuestros cuerpos vendrán a ser semejantes al glorioso cuerpo de Cristo (Fil. 3:21).
Llegamos entonces a la conclusión que el concepto de la inmortalidad del alma no es una doctrina distintivamente cristiana. Más bien, lo que es central en la escatología bíblica es la doctrina de la resurrección del cuerpo. Si deseamos usar la palabra inmortalidad con referencia al hombre, digamos que es el hombre, y no solamente su alma, quien es inmortal. Pero el cuerpo del hombre tiene que experimentar una transformación por medio de la resurrección antes de poder disfrutar plenamente de esa inmortalidad".
Hoekema
La Biblia y el futuro.
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